Ana Black: ¿Y esta cola para qué es?

 

—Para salir del gobierno‑ es lo que provoca decir pero, hay que mantener cierta compostura y responder que es la del pollo.

—¿Y aquella de allá?

—¿La cortica? La del pescado

La cola es larga y aunque no son las ocho de la mañana todavía, el sol quema y hace sudar, bueno el sol y la inconformidad por tener que pasar un cuarto de vida en una fila para preguntar si hay, pedir la ración que toca o pagar.

Las conversaciones han degenerado en sesiones colectivas de reminiscencias de cuánto se compraba antes, cómo se cocinaba antes y qué se comía se antes. “Yo me acuerdo que antes” se volvió sujeto y predicado de nuestras nostalgias.

—Yo me acuerdo que antes pegábamos las caraotas en los trabajos de manualidades del colegio- dice una muchacha como de 20 años todavía sonriente.

—Yo me acuerdo que antes comíamos caraotas por lo menos una vez a la semana— gruñe un señor que se apoya con desgano en el carrito.

—¡Chama! Yo me acuerdo que antes mi mamá le ponía una lata ¡u-na-la-ta-cha-ma! de espárragos al arroz con pollo. ‘Sea mrca ¡u-na la-ta!— le responde la coetánea que está atrás que justamente viene con la mentada madre quien, en silencio y con discreción, se enjuga una lágrima.

—Yo me acuerdo que antes compraba jojotos para la sopa… todas las semanas.

—Y yo comía manzanas cuando estaba a dieta.

—Yo no me acuerdo cuándo fue la última vez que comí pescado.

Pasó el hombre vendiendo lotería. “¡Si no compra no gana!”. Varios revisaron sus monederos como hechos los locos y de todos sólo uno dijo más bien con resignación: “Dame uno pue”.

—Buena suerte mi don y… me estoy diendo, me estoy diendo... Ya me fui… ¡Si no compra no gana!”

Así, en lo que antes nos tomaba una escasa hora hacer, ahora pasamos una mitad de mañana. En la cola de los huevos hablamos de las medicinas, en la del pollo agotamos el tema costos de colegios y universidades, en la cola del queso nadie habló porque al averiguar los precios quedamos mudos.

La compra de comida para una sola persona -en un mercadito callejero municipal donde hay qué comprar y en buen estado- pura fruta, verdura, queso, sin carne y sólo un kit de pollo (pechuguita, par de muslos y carapacho para el caldo) cuesta un sueldo mínimo. Por eso los marchantes se han convertido en una especie histriónica que hace maromas para distraer a sus compradores de la exorbitancia de los precios, para minimizar – supongo- la estridencia de los gritos, la contundencia de los lamentos y la profundidad de los suspiros cada vez que cantan los totales de las compras.

En esas interminables colas empezamos a ver gente que se ve que trabaja, que le ha echado un camión a la vida, gente que se ve honrada, íntegra, esa que antes se llamaba gente bien, con los zapatos descosidos, la ropita ruñía y la amabilidad ajada. Empieza la miseria a florecer en los rostros y el desamparo a manifestarse en las miradas perdidas.

Comienza a ser insostenible el peso de esta revolución fallida.

ft-venezuela-colas



Categorías:Opinión

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